La vida nos va formando, a veces moldeando otras fortaleciendo. En la manera en que uno responde a ella es única… lo peor que muchas veces no es la más conveniente.
Arthem Vigueras
Nací en una familia católica, aunque no de las que son muy firmes en ella; ya que con el paso del tiempo algunos familiares fueron cambiando de religión, a la iglesia Bautista, Pentecostés y últimamente una ramificación de ellos, mal denominados “cristianos”; digo mal, porque en realidad la base de estas religiones es el cristianismo. Yo también, divague gran parte de mi vida entre una y otra; situación que me conflictuo para la construcción de mi espiritualidad.
Es importante mencionar el aspecto religioso, porque esto da una referencia general de cómo se encuentran las formas de pensar, los valores familiares, las formas de resolverse etc. los inicios de ideas en torno a la muerte fueron éstos que la religión otorga, y que suenan a consignas terribles, que más que acrecentar mi fe, hacían que se volcara en un terror, pánico de enfrentarla, ¿qué? , ¿A quién?... no, lo sé; llámese muerte, infierno, lago de fuego y azufre, purgatorio, castigo, castigo eterno, resurrección. Lo peor de todo esto, que uno nunca sabe hasta qué punto es suficiente ser bueno para llegar a esa “vida eterna”. (Entonces es morir, ¿vivir?).
Las pérdidas más significativas en esa época fueron al muerte de mis mascotas, claro la comprensión era diferente; los seres humanos supongo somos los únicos que practican y viven el pecado; entonces si la muerte era la paga del pecado, los animales seria otra dimensión, significado y sentido distinto. Aunque mi apego a ellos era muy fuerte y me hacía pasar por un duelo, mismo que era superado gracias a esa capacidad de imaginar, soñar o fantasear la realidad.
Mi infancia se lleno de sueños, de fantasías, de historias; todo lo que fuera producto de la imaginería que en ese niño había comenzado crear y que ahora me doy cuenta que es una gran fortaleza. La muerte de una mascota no podría ser igual a la de un familiar, o cualquier persona. Cuando muere una mascota solo le importa a su dueño o amigo, a nadie más; sin embargo cuando una persona muere toda la gente se comunica, se estremecen, asisten a la casa de los dolientes, los consuelan y guardan varios días entre ritos, rezos que marcan la diferencia de ese estatus marcado entre un perro y el sujeto muerto.
Ante la muerte de una mascota, mi padre se acerco y me dijo que no sufriera, que mi querido perro ya no estaría más, pero que si quería que estuviera mejor, lo enterrara al pie de algún árbol del jardín, para que su espíritu viviera en él y le diera fortaleza.
Los principios de conocer la muerte me lleva a creer que morir es algo indeseable, mal venido; cuando tenía como seis años, se me quedo muy gravado la agonía de mi bisabuela (católica vuelta protestante después) las hijas y nueras al pie de su cama atendiéndola, rezando, suplicándole a dios se apiade de su alma, mientras ella con su rostro demacrado del dolor físico quizá, o el terror de enfrentar el juicio divino, lloraba, gritaba y quejaba como en una película de terror; los adultos se encontraban tan ocupados en acompañarla que se habían olvidado de nosotros los niños, que asomados a la puerta de la habitación presenciábamos todo, hasta que de pronto en un grito desgarrador fijo la mirada atrás de nosotros y levantando su mano huesuda y temblorosa, señalando que ahí estaba parado él, que venía por ella, ¡que no quería irse con él!… la piel se nos hizo de gallina y salimos de ahí huyendo. Más tarde salió una tía llorando desconsolada diciendo a los demás adultos que la abuela había llegado ante el Señor, ante Dios.(entonces sí se la llevo).
La comprensión de la muerte en esos momentos fueron terribles e indeseables; entre los primos empezamos a suponer tantas cosas, quién era él, a lo mejor era Dios, pero entonces por que tenía miedo, quizá podría ser el diablo, pero se supone que era buena y era entregada a Dios, o quizá la muerte era así, un hombre inmenso, feo y aterrador, -mmm- ¿pero la muerte que no es mujer? Esa discusión no se extendió tanto, porque durante el velorio y sepelio se nos fue en jugar; no volví a preguntarme que podría pasar.
La mayores pérdidas que considero tuve en mi infancia, quizá fueron mis mascotas las más entrañables, a las cuales le guarde un duelo corto, pude despedirme de ellos y en el fondo esperando descansara su espíritu en mis arboles; después de la muerte de mi bisabuela, fallece mi abuelo materno, el cual era muy viejo, que en el fondo jamás comprendí por que no se había casado con la bisabuela, pues se veían de la misma edad, no padecí su pérdida, pues mi vinculo con el no había sido tan fuerte, pero recuerdo mucho el sufrimiento de mi madre, de sus hijas, y por mi mente paso por un momento la comprensión de la vulnerabilidad de cada uno- y si en lugar de mi abuelo, hubiera muerto mi madre; ¿Qué habría hecho yo?.
La familia nos hacia reunir en una habitación para explicarnos de una manera muy religiosa, que mi abuelo ya no estaría con nosotros, y que si teníamos algo que decir, como pedirle perdón, o algo que no le habíamos dicho en vida lo hiciéramos en ese momento en la cual dirigían una oración colectiva tomados de las manos u abrazados; yo si tenía una pregunta, pero quizá sería muy tonta, y no la hice, era de -por qué sufrían tanto, si ya estaba con Dios, ¿Qué no eso es lo que buscaban?- mis tías lloraban desconsoladas, tanto que me daban ganas de salir corriendo de ahí; no sé por qué no lo enterraban al pie de un árbol y así permaneciera más tiempo con ellas.
Fui un niño muy tímido, aunque muy creativo, llegando a mi pubertad era muy retraído, sin amigos, esa soledad a la que me había encerrado por decisión propia, o como respuesta a cientos de prejuicios y temores, me hizo empezar a aprender a resolverme por mi mismo, con la imaginación podría crear mundos mejores en los cuales podría divertirme, incluso crear amigos imaginarios elaborados con trapos viejos y que en el fondo deseaba cobraran vida para que se convirtieran en mis amigos. La pérdida de mis afectos fue crucial en mi vida, sin embargo esto no me derrotaba, pues ahí estaba siempre mi creatividad para defenderme de las soledades.
En la mi edad adulta, el concepto de muerte fue tomando forma, así como de una sensación mítica de respeto. Principalmente cuando veo la muerte en el otro, me hace recobrar lo importante que es darle sentido a nuestras vidas; alejo de toda posibilidad de que quizá estén en algún lugar lejano y lleno de cosas bellas, mucho más cuando se trata de alguien amado; me gusta creer que está aquí en algún lugar, donde se encuentra protegido, pero que me llena de una tranquilidad, armonía y compañía.
Con la muerte mi padre hace cinco años confronto la pérdida, sin embargo el duelo esperado y que me preocupaba por el hecho de la relación fracturada que en vida habíamos llevado me lleno de culpas, surgiendo temor de no poder manejar mi duelo, principalmente al estar frente a él; viaje para reunirme con él en Veracruz, mi partida era por el aviso de su agonía, cuando llegue a la central camionera me avisan que ya estaba muerto, fue duro el impacto, camine como cerca de dos horas sin saber , ni entender que me pasaba; llegue a la casa, no quise verlo, la familia me rodeaba y abrazaba, llegando en la noche me encerré en mi habitación, y pensé en él , pensé en mi, pensé en lo vivido y lo que me falto vivir con él, que quedo en proyecto eterno, pues cada vez posponía esa relación. De pronto mi pensamiento se convirtió en una charla con él, seguro estoy que estaba ahí, dialogue con su silencio, comprendí, quizá el compendio, lo cierto es que descanse en paz yo. Al siguiente día me encontraba animado, respetando los rituales que se hacen para despedirnos todos de su cuerpo, sin embargo yo había encontrado una paz interior, que al parecer también ante los demás, principalmente mis hermanas no comprendían, porque no me veían sufrir.
Ahora en la actualidad me he dado cuenta de grandes cosas que la vida me ha dado, de manera cultural, social; y es esa fortaleza para enfrentar las pérdidas de mis seres queridos, no implica que no duela pero sin embargo cuando es una muerte, algo en fondo me hace recordar ese tesoro que mi padre me diera un día, y pienso que los que se mueren, no mueren del todo, en algún lugar en el fondo de las cosas, a un lado de los seres queridos que quedan, detrás de los que los amaron o en el interior de algún árbol ahí están, esa esencia que se queda para bien.
Las pérdidas no son tales; son ganancias que llegan a nuestra vida de otra forma que muchas veces bajo nuestra forma cuadrada de entender las ganancias, nos impide verlas; pero quizá solo sea cuestión de recostarnos, respirar y contabilizarlas. No podemos recuperar el tiempo perdido, pero tampoco podemos estar lamentando todo el tiempo el hecho. Yo y mi Padre somos uno, porque en vida algo nos unió, el amor: intangible, imperceptible pero ahí está. Ahora que hago el inventario dado me doy cuenta que ahí está, en sus palabras, en sus consejos que en vida creí no escuchar y lo hice también creer. Nadie pierde lo que fue amado.
Soy uno mismo también, con Fili, Juan Carlos, mi abuela Eva, Martin, Beto…
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Tus comentarios son muy importantes para mí.